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Pastor Owen Aguirre
La cruz tiene dos dimensiones. Una vertical, Cristo mirando al cielo; y otra es horizontal, Jesús, con los brazos abiertos a toda la humanidad.
Es un símbolo de profundo significado que debería hacernos reflexionar en el verdadero sentido que el cristianismo tiene.
Mirar al cielo es una parte necesaria e importante para el evangelio; ya lo dijo Cristo invitándonos a poner la mirada en las cosas de Dios (Mat. 16:23). Sin embargo, es solo una cara de la moneda.
El otro aspecto es horizontal. La relación con el otro, con el que está a mi lado y con el que vivo día a día.
Dietrich Bonhoffer, el gran teólogo alemán masacrado por los nazis, escribió: “Sin Cristo hay discordia entre Dios y el hombre, y entre hombre y hombre. Cristo se convirtió en mediador e hizo la paz con Dios y entre los hombres. Sin Cristo no conoceríamos al hermano ni podríamos llegarnos a él”.
En otras palabras: un cristianismo vertical que relacione a las personas con Dios y nada más, es un evangelio hueco, mero misticismo. Cristo nos salva del pecado, pero nos mantiene en el mundo. Nos quita el mal que tenemos por herencia, pero nos deja viviendo entre nosotros.
Si el cristianismo es meramente vertical llega a ser simplemente formalista. El formalismo ahoga nuestra sensibilidad ante los derechos y/o sufrimientos de los demás.
Jesús les dijo a los fariseos que acogiéndose a una religión formal habían olvidado y desplazado a las personas que tenían a su lado. Les recriminó: “Id, pues, y aprender lo que significa: misericordia quiero, y no sacrificio” (Mat. 9:3), porque si comprendieran el significado -les dijo- “no condenarían a los inocentes” (Mat. 12:7).
El encuentro con Dios supone el encuentro con el otro. Como diría Martin Lutero: “Cristo es glorificado cuando los pecadores y los débiles son recibidos como amigos”.
Si te acercas a Dios, entonces también debes acercarte a tu prójimo; de otro modo tu cristianismo es desequilibrado. Padre, ayúdame a ver hoy en mi compañero de trabajo a una persona que me necesita y que te necesita. Que vea en mi madre, en mi padre, en mis hermanos, en mis amigos y amigas, en mis vecinos a gente que me necesita cerca. Te suplico que cuides de mis relaciones personales y que me regales prudencia y sabiduría para manejarlas.
En el nombre de Jesús, Amén.
La cruz tiene dos dimensiones. Una vertical, Cristo mirando al cielo; y otra es horizontal, Jesús, con los brazos abiertos a toda la humanidad.
Es un símbolo de profundo significado que debería hacernos reflexionar en el verdadero sentido que el cristianismo tiene.
Mirar al cielo es una parte necesaria e importante para el evangelio; ya lo dijo Cristo invitándonos a poner la mirada en las cosas de Dios (Mat. 16:23). Sin embargo, es solo una cara de la moneda.
El otro aspecto es horizontal. La relación con el otro, con el que está a mi lado y con el que vivo día a día.
Dietrich Bonhoffer, el gran teólogo alemán masacrado por los nazis, escribió: “Sin Cristo hay discordia entre Dios y el hombre, y entre hombre y hombre. Cristo se convirtió en mediador e hizo la paz con Dios y entre los hombres. Sin Cristo no conoceríamos al hermano ni podríamos llegarnos a él”.
En otras palabras: un cristianismo vertical que relacione a las personas con Dios y nada más, es un evangelio hueco, mero misticismo. Cristo nos salva del pecado, pero nos mantiene en el mundo. Nos quita el mal que tenemos por herencia, pero nos deja viviendo entre nosotros.
Si el cristianismo es meramente vertical llega a ser simplemente formalista. El formalismo ahoga nuestra sensibilidad ante los derechos y/o sufrimientos de los demás.
Jesús les dijo a los fariseos que acogiéndose a una religión formal habían olvidado y desplazado a las personas que tenían a su lado. Les recriminó: “Id, pues, y aprender lo que significa: misericordia quiero, y no sacrificio” (Mat. 9:3), porque si comprendieran el significado -les dijo- “no condenarían a los inocentes” (Mat. 12:7).
El encuentro con Dios supone el encuentro con el otro. Como diría Martin Lutero: “Cristo es glorificado cuando los pecadores y los débiles son recibidos como amigos”.
Si te acercas a Dios, entonces también debes acercarte a tu prójimo; de otro modo tu cristianismo es desequilibrado. Padre, ayúdame a ver hoy en mi compañero de trabajo a una persona que me necesita y que te necesita. Que vea en mi madre, en mi padre, en mis hermanos, en mis amigos y amigas, en mis vecinos a gente que me necesita cerca. Te suplico que cuides de mis relaciones personales y que me regales prudencia y sabiduría para manejarlas.
En el nombre de Jesús, Amén.